Según los datos aportados por la Federación Española de Asociaciones de Ayuda al Déficit de Atención e Hiperactividad, en la actualidad un 5% de niños padecen TDAH en España. Actualmente, es común escuchar entre profesionales de la salud y la educación, la preocupación por la merma o dificultades que se observan en la población infanto-juvenil de forma mayoritaria respecto a su capacidad atencional y de aprendizaje. Se habla de sobrediagnóstico de determinados trastornos como el TDA, TDAH, TEA, o de T. de la Conducta. Pero, cabría preguntarse si, epigenética o socialmente, ha habido algún cambio significativo que desde el entorno esté propiciando que en niños y jóvenes el rendimiento académico, social y personal esté causando semejantes desórdenes.
Sería objeto de un libro, pero, a grandes rasgos, desde 2010, estamos asistiendo a una revolución tecnológica que ha impregnado e invadido todos los estamentos de la sociedad afectando tanto a nivel personal, familiar, escolar, social y laboral.
Los profesionales de la salud llevan años avisando de las consecuencias catastróficas que está causando esta nueva realidad en los procesos madurativos cerebrales de niños y adolescentes. Es lógico llegar a la conclusión de que, si efectivamente hay un componente de heredabilidad de ciertos trastornos, pero, por otro lado, epigenéticamente podemos modificar el entramado neuronal, cuanto más vulnerable sea el SN (recordemos que la mielinización de la corteza prefrontal culmina en torno a los 25 años) más impacto tendrán en el cerebro ciertos estímulos.
Desde una perspectiva neurológica, son varios los factores explicativos. Entre ellos, Del Portillo García, A. (2005), expresa la necesidad de “prestar atención al fenómeno de atracción que produce el vertiginoso movimiento electrónico de las pantallas independientemente de los contenidos o mensajes que transmite”, es decir, la pantalla frente a la situación real no da contexto de velocidad o ritmo de la imagen de forma cronológica. Tiene unos tiempos muy diferentes a la realidad, cada vez más estudiados para crear estados hipnóticos y adictivos. Es más, tras 10 minutos ante la televisión (pantallas) el cerebro elimina el filtro de la consciencia para entrar y dominar las ondas cerebrales propias del inconsciente. La atención se desconecta con el exterior. Lo que hace, que, en situaciones reales el cerebro demande esos cambios de ritmo y desatienda los que no le complacen. La pantalla fomenta la inatención y la hiperactividad. El cerebro de un adolescente ante la pantalla cultiva sobre todo neuronas para vibrar ante la pantalla. (Gallo, E. 2022)
En otras palabras, es muy posible que, crecer en un “entorno altamente tecnificado” (García, F., Portillo, J., Romo, J., & Benito, M. 2007), esté dando lugar a cerebros inatentos, ansiosos e hiperactivos. (Gallo, E. 2022)
Además, sabemos que, el estrés mantenido, interfiere en la capacidad de aprendizaje del cerebro. Por ello, entornos, aulas o metodologías sobreestimulantes, amputaran la potencialidad del cerebro del alumno, saturando su sistema interno.
Todo ello unido al sedentarismo que imponen algunos métodos imposibilitará obtener el beneficio del ejercicio y el movimiento en el SN y, en consecuencia, en la capacidad mental. El movimiento favorece el aprendizaje.
Se pueden potenciar ciertos aprendizajes complejos como pueden ser las tablas de multiplicar, implicando al sistema motor, por ejemplo, saltando a la comba al mismo tiempo que activas la capacidad de cálculo mental. De esta forma, estaremos nutriendo al córtex y al sistema límbico, a través del cerebelo, y esta tarea, como tantas otras, dejará de ser tediosa para nuestros niños y jóvenes.
ELENA GALLO MOLTÓ
Fundación Salud y Educación Integrales